Me mudo

Le tengo miedo a las palabras.
No quiero hablar de ellas, ni con ellas,
no quiero mirarlas.
No quiero pensarlas o pronunciarlas con mi lengua torcida.
Las palabras que salen de mi boca son estiradas y feas, como deformes.
Son palabras necias, tercas, palabras afiladas.
Me han agredido por ellas.
Un gordo con gafas malditas un día me dijo mentirosa.
(Y ahí vamos de nuevo, no digo gordo ni malditas, digo no sé),
Se burló de mí y creo una teoría.
Una teoría de mi locura.
Guardé silencio un rato.
Hasta que llegaron mi ex.
Todos ellos
pasaron mal con mis palabras
y yo con ellas.
Los recuerdo enredados y heridos
y yo sin saber cómo encontrar el hilo.
Alguno trató de confundirme,
de convencerme de que las palabras que decía
no decían lo que decían
(sino otra cosa).
(los locos nos juntamos).
Y luego mis amigos,
en la sala de la casa.
me dijeron que el mundo
no es como yo lo hablo.
Que tengo un desface
que la realidad y que la percepción,
que la diferencia.
(dudaron de mí)
(obvio).
Ahora puedo decir
(palabras monstruosas vienen a mis dedos)
que no se llora solo con lágrimas
sino con letras
que llorar mudo es más difícil,
y hasta prescindible.
Que es mejor quedarse callado
mirando pasar los barcos por la ventana
agarrándose el pecho
con la palma dando círculos
sanando.
Yo no quiero más estas palabras
ni aquellas
(no quiero ninguna).
Quiero silencio animal.
volumen bajo,
quiero sombra.

Derechos reservados
©Diana Catalina Hernández Quecano

¿Cómo es la vida en Miami?

(me pregunta un amigo…)
Miami está lleno de locos, no me canso de decirlo porque me ha impactado. Cada día me topo con uno camino al trabajo. La locura está, por supuesto, racializada (todos son inmigrantes, extranjeros, no-blancos locos) y atravesada por la clase (sin papeles, pobres, desesperados). Miami está lleno también de gente muy rica, judíos, rusos y latinos ricos. Muchos cuerpos perfectos y vacíos. Hay poca cultura aquí, pero si vas a uno de los dos cines que hay de toda la ciudad, te puedes quedar viendo pelis todo el día. El mar está siempre ahí, contigo. Hay muchos parques y mucho verde. Hay también muchos excesos, drogas, sexo y alcohol en South Beach. No puedes vivir bien si un carro, todo es lejos. Y a veces llueve y el viento te lleva. La mayoría habla español, pero yo tuve que aprender inglés para mi tienda yankee de hamburguesas. Aunque haces ejercicio, engordas, porque todo abunda en una lógica enferma de grasa y químicos. Cuando vas a comprar algo, cuentas las monedas, y luego no te alcanza porque le suman el impuesto y miras al cajero con angustia. Todo es caro en las tiendas y restaurantes, pero hay cosas muy baratas en los supermercados, quesos de plástico, pan de plástico y jugos de azúcar. 
Trato de vivir feliz aquí, mirando al mar y a mis letras.

Viajes al norte del Sur

Vine a Norteamérica como miles. Sin casa, sin dinero, sin visa y sin amores. Vine a fregar pisos, a lavar baños, a caminar bajo el sol de Miami en falda corta para ser mesera, que ya no se dice waitress sino server. Vine a alimentarme del tío Sam y a aprender inglés, a tomar el sol y nadar en una piscina de viejos rusos desgastada y triste.
Aquí me topé con tantos locos en el autobus vía downtown que comencé a dudar de mi misma cordura. La mujer obesa que fabricó su vestido brillante con su bolso y una maleta de viaje y que se masturba en cada estación. El inmigrante hispano que habla solo y maldice. La mujer esqueleto que se pintó una única ceja arriba de sus cejas y que se pone cacheteros a sus 80 años. Pero también los locos ricos, esos de cuerpos perfectos que usan ropas diminutas y joyas caras.
Vine a Norteamérica y un venezolano me dijo bruta. Me señaló su frente con el dedo índice y se la picó encima mío para enseñarme de sentido común. Luego me dijo Betty la fea y yo le dije que se metiera su trabajo por donde le quepa.
Aquí a nadie le importa que yo escriba poesía y que sepa de libros de filosofía contemporánea, qué le vamos a hacer, ni que haga peformance ni que sea activista ni nada de esas cosas, qué le vamos a hacer. Porque cuando de servir se trata vine a regar los vinos sobre las camisas de los millonarios y las papitas fritas sobre el vestido de baño de los que hacen preguntas extrañas como si las salchichas son de res o el queso es salsa de nachos.
Vine a Norteamérica a trabajar en una tienda de hamburguesas de una sabia mujer china que parió un hijo aquí más americano que los americanos. Él dice que el soccer es de nenas y que le dan náuseas los gays ricachones de la white party pero que le gustan sus verdes billetes que dejan con una buena propina. Él dice que China es un país terrible que maltrata a los trabajadores, no como EU que respeta el medio ambiente y los derechos de las personas.
Vine a Norteamérica a armar hamburguesas aunque soy vegetariano y gay y trans y anti-racista y anti-capitalista. Y con los pesitos que me hice hasta ahora, vine a Austin y dormí en el aeropuerto y ahora me voy a encontrar con personas más como yo, a ver si se me quita esta pesadez de los locos de la Florida como el habitante de calle que vive en la hamburguesería, Bill, que odia el movimiento de Black matters y a los musulmanes y a los inmigrantes y anda diciendo que todos los brasileños son esto y los dominicanos aquello disque porque trabajó ocho años en un bar. Mientras me limpio la cara en el baño del aeropuerto, me acuerdo de mi mamá que me espera en Colombia y ni sabe que vine a Texas, porque otra vez se deprime de que sea gay y de que sea trans y todo eso y que ni idea tiene de todo lo de aquí.
Vine a Norteamérica a presentar el GRE y el TOEFL a ver si me hago un doctorado en la tierra de Mickey Mouse. Entonces tendré mi amada visa y por cinco años pasaré por Mac Donalds y trataré de hacerle mi peor cara.

Reinaldo Arenas

De La voluntad de vivir manifestándose

Mar

Ya no tenemos el mar, pero tenemos voz para inventarlo.

No tenemos el mar, pero tenemos mares que no podremos olvidar: El mar encrespado de la cólera, el mar viscoso del destierro, el fúlgido mar de la soledad, el mar de la traición y el desamparo.

No tenemos el mar, pero tenemos mares.

Mares repletos de excrementos, mares de gomas de automóviles donde empecinadamente deriva un esqueleto (las falanges aún aferradas a la cámara y el fragor de la metralla en el oleaje).

No tenemos el mar, pero tenemos mares.

Mares de inescrupulosos traficantes, mares de esbirros disfrazados de bañistas y profesores que comercian con el crimen, mares de playas convertidas en trincheras, mares de cuerpos balaceados que aún retumban en nuestra memoria salpicándola.

No tenemos el mar, pero tenemos náufragos, tenemos uñas, tenemos dedos cercenados, alguna oreja y un ojo que el ahíto tiburón no quiso aprovechar.

Tenemos uñas, siempre tendremos uñas y las aguas hirvientes de las furias, y esas aguas, las pestilentes, las agresivas aguas, se alzarán victoriosas con sus víctimas hasta formar un solo mar de horror, un mar unánime un mar sin tiempo y sin orillas sobre el abultado vientre del verdugo.

(Nueva York, noviembre de 1983)

Voces

Nosotros vinimos por el aire
Nosotros vinimos por el mar
Nosotros llegamos amarrados a la cámara de un auto
Nosotros llegamos sujetos a la rueda de un avión
Nosotros salimos conjurando tiburones [y guardacostas
Nosotros salimos taladrando un túnel en el aire
Nosotros salimos agarrados a la cola de un cometa
Nosotros llegamos a nado, vomitando la bilis, soltando el bofe, los huesos al sol, deshidratados, descarnado el corazón.

Sí, sin duda somos los más dichosos -los afortunados.
Los demás yacen sin tiempo bajo el mar o condenan nuestra fuga mientras secreta y desesperadamente desean partir.

(Nueva York, 1985)

Cosas que pasan

I.

En el camino de Santiago me enamoré de un hombre de ojos verdes y corazón destrozado. Parece que los gustos poco cambian.

Me enamoré de sus cejas pobladas, de su cuerpo lánguido y sus maneras rígidas.

Me enamoré de una mente soñadora, ingenua y demente como los protagonista de Lars Von Trier.

Es cierto, amé sus manías y luego las odié y entre las sábanas del albergue en los pueblos helados y calientes soñé que me acostaba con él.

Me enamoré y por eso supe (que debía olvidarte).

Traté de alejarme rápido un día en que mi corazón latió como loco y se sintió al borde del abismo de lo que antes llamaba amor. Mi estómago me dio una mordida justo en el momento en el que me contaba sus dolores y yo veía acercarse a su sombra.

Traté también luego, cuando ya estábamos lejos y llovía, y yo caminaba solo por las calles de una ciudad empedrada.

Fue él quien decidió irse y estuvo bien, finalmente el desenlace correcto.

Aunque no puedo negar que, tan pronto supe, entré a la bañera y me desnudé lentamente imaginando que estaba allí y canté por horas bajo el agua caliente, tocando cada parte de mí para decirle sin decirle de todo lo que había perdido.

Igual se fue y, cuando quiso esperarme de nuevo, yo ya estaba lejos, tratando de de abrir mis ojos a deseos sanos.

Sin embargo, me queda el recuerdo de sus pestañas largas en la litera del frente y de sus pies desnudos junto a los míos en el río de Molinaseca. Guardo el recuerdo de mí corazón cuando se enamora.

II.
En el camino de Santiago, me enamoré de la amistad. Una compañía que eleva y que, ahora más viejo, sé que no abunda.

Y como también hice nuevas amigas, amé las conexiones mágicas cuando pasan sin haberlo anticipado y duran para siempre.

III.

En el camino de Santiago, me enamoré de la escritura, porque mi amigo la valoraba tanto…

Me enamoré de la escritura porque escribí en bosques llenos de niebla, en paisajes de girasoles y de capos de trigo. Y las montañas me gritaban, ¡sigue!, animándome a no quedarme callado.