Vuelos de aves

Amarte al revés de tus tonterías,
sin posibilidad de saltar al futuro,
en el momento presente,
con la cerveza en el pasto,
el teatro y el cine,
las caminatas y los abrazos.

Amarte con escudo al hombro,
haciendo malabares en la frontera
para no aceptar que te quedes,
para que no me ahogues
con tu amor que no es igual al mío
que no busca tenerme en exclusiva,
ese amor tuyo que no comprendo
ni cuestiono.

Aprender contigo
que la forma vital no se acomoda,
no se fuerza,
solo se observa.
Dejar mi locura en el telón de fondo
y disfrutar esos días
en los que me dejo ver,
cuando las fuerzas se acaban
y solo queda el deseo
mi deseo de pasar la nariz por tus ojos
y con mis labios tocarte las cejas,
recorrer tu espalda con mis dedos
violentos sobre tu ropa.

Días imprevisibles de los dos
condenados a la clandestinidad de lo público,
dejando pasar las caras sorprendidas
de los que te ven en los buses
tocándome debajo de la ropa,
con tanta urgencia,
porque ya me marcho
para que tu amor no me impulse
a llorar en el jardín.

Sí, son esos días en que pierdo la batalla
y quiero agarrarte de las manos,
abrazar tu cuerpo tan ligero
chocar nuestros dientes,
morderte la oreja,
todo antes de que se acabe la noche
y yo me escape a mi ático de sueños
a convencerme de que nada me pasa
de que no necesito nada,
que esos días cortos,
esos besos de escándalo
son suficientes
hasta que apague la luz.

Ya te dije que te veo
en las dimensiones de mi casa
en los caminos eternos a la montaña
en los conciertos y las fiestas
aunque nunca te llame.

Ya te dije que te espero
con la luz apagada
en el piso de arriba
para verte salir,
cruzar palabras dispensables
y seguir con algo de pesadumbre.

Nuestro amor dosificado
me dura una semana
y luego quiero que no vuelvas
y luego quiero que vuelvas y te quedes
para seguir así en nuestro carrusel.

Modulando mi deseo
se agota y se recarga
hasta que llegue un niño
(otro)
que se enloquezca por mí
observe todas mis esquinas
acaricie todos mis relieves
y te desplace
y te me vayas
a los brazos de la que siempre te tuvo,
niño triste,
y yo siga rodando
en mi juego al fin.

Viajes al norte del Sur

Vine a Norteamérica como miles. Sin casa, sin dinero, sin visa y sin amores. Vine a fregar pisos, a lavar baños, a caminar bajo el sol de Miami en falda corta para ser mesera, que ya no se dice waitress sino server. Vine a alimentarme del tío Sam y a aprender inglés, a tomar el sol y nadar en una piscina de viejos rusos desgastada y triste.
Aquí me topé con tantos locos en el autobus vía downtown que comencé a dudar de mi misma cordura. La mujer obesa que fabricó su vestido brillante con su bolso y una maleta de viaje y que se masturba en cada estación. El inmigrante hispano que habla solo y maldice. La mujer esqueleto que se pintó una única ceja arriba de sus cejas y que se pone cacheteros a sus 80 años. Pero también los locos ricos, esos de cuerpos perfectos que usan ropas diminutas y joyas caras.
Vine a Norteamérica y un venezolano me dijo bruta. Me señaló su frente con el dedo índice y se la picó encima mío para enseñarme de sentido común. Luego me dijo Betty la fea y yo le dije que se metiera su trabajo por donde le quepa.
Aquí a nadie le importa que yo escriba poesía y que sepa de libros de filosofía contemporánea, qué le vamos a hacer, ni que haga peformance ni que sea activista ni nada de esas cosas, qué le vamos a hacer. Porque cuando de servir se trata vine a regar los vinos sobre las camisas de los millonarios y las papitas fritas sobre el vestido de baño de los que hacen preguntas extrañas como si las salchichas son de res o el queso es salsa de nachos.
Vine a Norteamérica a trabajar en una tienda de hamburguesas de una sabia mujer china que parió un hijo aquí más americano que los americanos. Él dice que el soccer es de nenas y que le dan náuseas los gays ricachones de la white party pero que le gustan sus verdes billetes que dejan con una buena propina. Él dice que China es un país terrible que maltrata a los trabajadores, no como EU que respeta el medio ambiente y los derechos de las personas.
Vine a Norteamérica a armar hamburguesas aunque soy vegetariano y gay y trans y anti-racista y anti-capitalista. Y con los pesitos que me hice hasta ahora, vine a Austin y dormí en el aeropuerto y ahora me voy a encontrar con personas más como yo, a ver si se me quita esta pesadez de los locos de la Florida como el habitante de calle que vive en la hamburguesería, Bill, que odia el movimiento de Black matters y a los musulmanes y a los inmigrantes y anda diciendo que todos los brasileños son esto y los dominicanos aquello disque porque trabajó ocho años en un bar. Mientras me limpio la cara en el baño del aeropuerto, me acuerdo de mi mamá que me espera en Colombia y ni sabe que vine a Texas, porque otra vez se deprime de que sea gay y de que sea trans y todo eso y que ni idea tiene de todo lo de aquí.
Vine a Norteamérica a presentar el GRE y el TOEFL a ver si me hago un doctorado en la tierra de Mickey Mouse. Entonces tendré mi amada visa y por cinco años pasaré por Mac Donalds y trataré de hacerle mi peor cara.

Reinaldo Arenas

De La voluntad de vivir manifestándose

Mar

Ya no tenemos el mar, pero tenemos voz para inventarlo.

No tenemos el mar, pero tenemos mares que no podremos olvidar: El mar encrespado de la cólera, el mar viscoso del destierro, el fúlgido mar de la soledad, el mar de la traición y el desamparo.

No tenemos el mar, pero tenemos mares.

Mares repletos de excrementos, mares de gomas de automóviles donde empecinadamente deriva un esqueleto (las falanges aún aferradas a la cámara y el fragor de la metralla en el oleaje).

No tenemos el mar, pero tenemos mares.

Mares de inescrupulosos traficantes, mares de esbirros disfrazados de bañistas y profesores que comercian con el crimen, mares de playas convertidas en trincheras, mares de cuerpos balaceados que aún retumban en nuestra memoria salpicándola.

No tenemos el mar, pero tenemos náufragos, tenemos uñas, tenemos dedos cercenados, alguna oreja y un ojo que el ahíto tiburón no quiso aprovechar.

Tenemos uñas, siempre tendremos uñas y las aguas hirvientes de las furias, y esas aguas, las pestilentes, las agresivas aguas, se alzarán victoriosas con sus víctimas hasta formar un solo mar de horror, un mar unánime un mar sin tiempo y sin orillas sobre el abultado vientre del verdugo.

(Nueva York, noviembre de 1983)

Voces

Nosotros vinimos por el aire
Nosotros vinimos por el mar
Nosotros llegamos amarrados a la cámara de un auto
Nosotros llegamos sujetos a la rueda de un avión
Nosotros salimos conjurando tiburones [y guardacostas
Nosotros salimos taladrando un túnel en el aire
Nosotros salimos agarrados a la cola de un cometa
Nosotros llegamos a nado, vomitando la bilis, soltando el bofe, los huesos al sol, deshidratados, descarnado el corazón.

Sí, sin duda somos los más dichosos -los afortunados.
Los demás yacen sin tiempo bajo el mar o condenan nuestra fuga mientras secreta y desesperadamente desean partir.

(Nueva York, 1985)

Cosas que pasan

I.

En el camino de Santiago me enamoré de un hombre de ojos verdes y corazón destrozado. Parece que los gustos poco cambian.

Me enamoré de sus cejas pobladas, de su cuerpo lánguido y sus maneras rígidas.

Me enamoré de una mente soñadora, ingenua y demente como los protagonista de Lars Von Trier.

Es cierto, amé sus manías y luego las odié y entre las sábanas del albergue en los pueblos helados y calientes soñé que me acostaba con él.

Me enamoré y por eso supe (que debía olvidarte).

Traté de alejarme rápido un día en que mi corazón latió como loco y se sintió al borde del abismo de lo que antes llamaba amor. Mi estómago me dio una mordida justo en el momento en el que me contaba sus dolores y yo veía acercarse a su sombra.

Traté también luego, cuando ya estábamos lejos y llovía, y yo caminaba solo por las calles de una ciudad empedrada.

Fue él quien decidió irse y estuvo bien, finalmente el desenlace correcto.

Aunque no puedo negar que, tan pronto supe, entré a la bañera y me desnudé lentamente imaginando que estaba allí y canté por horas bajo el agua caliente, tocando cada parte de mí para decirle sin decirle de todo lo que había perdido.

Igual se fue y, cuando quiso esperarme de nuevo, yo ya estaba lejos, tratando de de abrir mis ojos a deseos sanos.

Sin embargo, me queda el recuerdo de sus pestañas largas en la litera del frente y de sus pies desnudos junto a los míos en el río de Molinaseca. Guardo el recuerdo de mí corazón cuando se enamora.

II.
En el camino de Santiago, me enamoré de la amistad. Una compañía que eleva y que, ahora más viejo, sé que no abunda.

Y como también hice nuevas amigas, amé las conexiones mágicas cuando pasan sin haberlo anticipado y duran para siempre.

III.

En el camino de Santiago, me enamoré de la escritura, porque mi amigo la valoraba tanto…

Me enamoré de la escritura porque escribí en bosques llenos de niebla, en paisajes de girasoles y de capos de trigo. Y las montañas me gritaban, ¡sigue!, animándome a no quedarme callado.

Tu japa de Ganesha

Es lindo volver a sentir. Es lindo ahora, que tengo nuevos ojos y nuevo corazón. Bueno, no nuevos, pero sí diferentes.

Él es ingenuo como un niño.

Sus crespos negros me hacen recordar la libertad interior.

Él tenía una Japa de la India que no tenía 108 cuentas.

Eso me generó preocupación profunda.

Ahora tiene una nueva que yo le regalé, con semillas recogidas por un ser mágico que inventa cosas.

Un ágata cuelga encima de la escobita roja, la que barre el karma.

Siempre que lo veo, él la tiene puesta, y cuando cierro los ojos para entrar al Surya Namaskar, escucho las semillas rozando a lo lejos del salón.

Él tiene muchos sueños bonitos, como si no tuviera presente la aridez de nuestro mundo.

Seguramente por eso, los logrará todos.

Es bonito sentir de nuevo, sentir sin esperar que nada pase, disfrutando de la mera experiencia y del deseo, sin apuro.

¿Llamarán a eso crecer?